lunes, 4 de febrero de 2013


Cucaracha


Francisca llegó al recreo con el fastidio de las matemáticas. Aunque su maestra Noemí era muy paciente, no lograba quitarle lo aburrido a lo aburrido.
Francisca bebió toda el agua que pudo en el bebedero y se retiró a un extremo del patio. No quería jugar con nadie.
Comenzó a escarbar el lodo con una varita. Se aburrió. Vio que se acercaba un niño dos o tres años menor que ella. No podría divertirse con él, pensó. Le dio la espalda.
El niño jugaba un trozo de plastilina entre las manos. Siguió caminando absorto hasta que chocó con la cadera de Francisca, quien se volteó para encararlo.
Se miraron fijamente. Estaban solos, y ahora, sin pensarlo, acompañados. Bajaron la vista. Volvieron a mirarse. Parecían dos nubes a punto de chocar, pero de repente sonrieron. Sus mejillas se sonrosaron.
Francisca no se dio cuenta de que una cucaracha cayó en su hombro. Era gigante.
El niño se sintió impotente. Solo atinó a empujar a Francisca, quien perdió piso y se quejó del golpe.
El pequeño asumió la pena doble al verle las blancas piernas a Francisca. No sabía qué decir, por ejemplo, una disculpa.
Francisca pensó en llorar o en pegarle a su agresor. Se sacudía la manos —aún sentada en el piso de tierra— cuando vio que el niño señalaba la cucaracha cerca de ella.
Francisca sonrió y alargó las manos a su héroe. Se incorporó. Juntos rodearon a su contrincante.
—Tú —dijo Francisca con voz de mando.
El niño aplastó la blata, que crujió como una nuez. Cuando retiró el zapato de encima de su víctima, sonrió a Francisca con la boca abierta, con sorpresa, con emoción.
Carcajearon.
Aún faltaba algo.
Francisca se hincó frente al animal.
—Se mueve —dijo.
—Pero ya no puede hacerte nada —contestó cortés el héroe.
—¿Alguna vez has probado una cucaracha? —preguntó la afortunada.
—No.
Los dos niños juntaron sus cabezas, oreja con oreja, y así se acercaron al cadáver.
Francisca tomó al insecto con índices y pulgares y le jaló una pata.
La ofreció a su cómplice. Este la tomó y la chupó. En su rostro se adivinaba cierto rigor científico.
—¿Y? —preguntó ella.
—Mmm… —el niño no habló, arrancó otra pata y la llevó a los labios de su aliada.
Con sendas patas de cucaracha en la boca, cual palillos de mondar, ambos volvieron a sonreír con ojos brillantes.
—Está buena —dijo él, babeando.
Francisca tomó al insecto y le desprendió lo que en un pollo sería la pechuga. Más grande y viscoso que la pata, el pedazo fue engullido por una alegre Francisca. Su amigo la imitó.
—En mi casa dicen que no hay que…
—¡Olvídalo! —sentenció Francisca—, en mi casa también.
Rieron a gusto, con superioridad.
—¡Mugrosos! —dijo una voz a sus espaldas.
Era un niño de sexto grado. La pareja lo miró y volteó en rededor. No había nadie más.
—¡Marranos!, ¡puercos! —continuó el instigador—. Los voy a acusar.            
Los inculpados se miraron, se tomaron de la mano y avanzaron poco a poco hacia el mayor.
—¿Alguna vez has probado a un niño metiche? —preguntó Francisca sin quitar la mirada de los cachetes del intruso.
—Todavía no —contestó el niño.
Joaquín, el de sexto, retrocedió lentamente. La cara se le torcía de asco.
—¡Puercos! —dijo.
—¡Aaaaaaaaaaaaaaa! —gritaron a coro sus contrincantes, mientras avanzaban pisoteando el polvo del patio.
Joaquín huyó despavorido.
Don Félix, el viejo prefecto, se acercó a la pareja.
—Vamos, niños, hay que volver a clases.
Los niños avanzaron aún con las manos entrelazadas. Cruzaron el patio. Al llegar al edificio de las aulas se soltaron.
—Me llamo Francisca.
—Yo, Rubén.

Este cuento está inlcuido en mi libro EL COLCHÓN. CUENTOS DE LA COTIDIANIDAD, publicado  en 2009 y reeditado en 2011.

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