lunes, 4 de febrero de 2013


El fin del mundo
Para Ariel Alejo
Una madrugada, el viejo Orson Welles se despertó para contestar el teléfono. Llevó el auricular a su oreja. Era la policía local. En tono de alarma le informaron que debía desalojar el área. El motivo: una extraña bestia metálica, al parecer extraterrestre, azoraba la región. En pocos minutos llegaría a su vecindario. Aún no había refugios, pero le recomendaban correr hacia el oeste. También le aconsejaron que llamara a sus familiares y propagara la noticia.
            El gran Orson colgó. Regresó a su recámara al fondo de la casa y durmió. Creyó escuchar algo de ruido afuera, que atribuyó a vecinos trasnochadores o a alguna trifulca.
            Al despertar, salió en bata a buscar el diario. Encontró la ciudad destruida: casas maltrechas, perros muertos, autos despedazados, incendios. En lugar del diario, levantó un zapato roto. Llevó la vista al cielo nublado y extendió las manos en oración. En su interior, sentía que alguien se reía de él.

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