lunes, 4 de febrero de 2013


Las nubes
Para Gerardo Ochoa

En este preciso momento debería comenzar a llover, para que yo admire cómo se desescaman esas nubes que desde ayer vienen diciendo que se van a dejar caer y nada. Podríamos salirnos de la oficina e invocar, por medio de plegarias y sonsonetes, lluvia, agua en abundancia y así terminar con este cansado día de trabajo. Pero las nubes siguen ahí afuera llenas de motivos para quitarnos la sed con su carga ácida y sus venenos disfrazados de pureza. En estos tiempos se puede esperar que caiga cualquier cosa de esos montes grisáceos, casi verdes, casi espuma, casi nada; podrían caer perros, lápices, tacos, abogados. Pero nada, nos vamos a quedar aquí seguramente hasta terminar la jornada para descubrir que, cuando menos lo esperábamos, sí, nos vamos a mojar, toditos, y luego caminaremos hasta casa para poner a secar los calcetines colgados en la ventana de la cocina o en el tubo del baño. “Mira nada más, Juanito, esas pinches nubes cargadotas y uno aquí viéndolas pasar sin esperanzas de verlas caer sobre alguien más… Pinche Juan, no, no son tarugadas; bueno, bueno, ya, ya, ya me pongo a trabajar. No, todavía no termino el informe, ¿qué querías?, apenas me trajeron el balance ayer y… ¡ya, pues, ya estuvo!” Sí, sí… mejor al rato hablamos, cuando se te bajen los humos de jefe, que ni te quedan. Mugre licenciado, no somos iguales, bueno, en realidad sí, somos iguales, aunque él tenga su titulote, que no sé por qué tenía que traerlo y colgarlo encima de su escritorio, como si no supiéramos cómo lo consiguió, pero en fin, no todos tenemos una tía en la Secretaría de Educación. Eso es lo que nos hace falta, educación, para no trabajar, como esa bola de holgazanes del piso catorce, que se la pasan pasando papeles para el informe, seguro que no saben ni escribir su apellido sin faltas de ortografía. Más bien es eso, la falta, la falta de todo, la carencia, eso, ¡ni agua!… Estas instituciones que no nos dejan salir temprano para que no nos mojemos, para que lleguemos a ver la tele, la novela de las ocho o el partido de las Chivas, no, eso fue ayer, creo. Y ustedes, ¿qué hacen ahí?, por favor, ¡lluevan!, truenen para que se vaya la luz y se pierda el informe y mañana corran a Juanito y yo me quede en su lugar, o por lo menos se mojen él y sus papeles. Y luego que empiece a meterse el agua en el sistema y se inunde el archivo de contabilidad y nos vayamos todos y dejemos que los bomberos se queden a secar los charcos. Que metan bombas y mangueras y se lleven toda el agua y se la devuelvan al cielo y así, cargadas de nuevo, las nubes se dejen venir mañana, otra vez y otra vez y otra vez para mojar las oficinas, la alfombra, los pizarrones, los escritorios, el baño que ya tiene como tres días sin papel, los ventiladores para que en vez de aire avienten agua y sintamos la lluvia horizontal de sus hélices de plástico. Hoy sí me voy temprano, le voy a decir al licenciadito este que ya terminé el informe y mañana llego temprano para acabarlo. Total, solo es cosa de elevar las cifras para que los proveedores y los inversionistas se vayan con la finta y yo me vaya mañana otra vez temprano, antes de que empiece a llover y se inunden las oficinas y se atasque el sistema y de las coladeras salga todo el papel que no hay en el baño y se den cuenta de la insalubridad en que nos tiene a no sé cuántos empleados, empleaditos, del Departamento de Contabilidad y Administración de la Zona Poniente. ¿Cuántas filiales tendrá la empresa?, quizá tenga una en Brasil y cuando se inunde la de aquí nos manden allá para seguir trabajando. He oído que en Brasil llueve mucho, días y días, bien tupido, y que cuando para de llover la gente sale de sus casas u oficinas y se pone a ver el sol, así nomás, llena plazas enteras para ver lo que aquí es cualquier cosa, no, más bien, ¿no será en Polonia, o en Hungría, o en Australia?, no sé, mi hermana Julia siempre me aturde con sus historia de aventuras. Se la pasa leyendo relatos de viajes o crónicas de guerra. Con eso de que estudia Historia (¿para qué?) siempre tiene algo raro que contar aunque uno no se lo pida, pero como es la más chica nos tenemos que zampar sus cuentos. En una de esas reuniones familiares debería llover tan fuerte que no se escuche lo que diga, que sus palabras choquen con los truenos y se vuelvan cenizas y luego el agua las apague y se las lleve por la avenida. Nada más faltan (la carencia, la carencia) dos horas y me largo. Mejor le digo a este Juanete que no se va a poder, que eran muchos datos y que el informe no va a estar listo sino hasta el lunes, el mero día de la presentación, a ver si así ya me deja en paz. ¿Por qué? ¿Por qué no llueve y se cumple alguna profecía y todos nos vamos en un barco, bueno, no todos, solo los más hábiles, los más fuertes, los más preparados para volver a la vida salvaje, al paraíso de Adán y Eva, o al paraíso de los changos, sí, mejor, porque, si no, de seguro fundaríamos otra religión basada en ese nuevo paraíso y más empresas como esta para darle mantenimiento? Sí, mejor changos, yo nunca he visto que los micos vayan a una oficina. Pero eso sí, ser los monos los que gobernemos el mundo, como en la película que pasaron el jueves. Los changos tampoco hacen guerras (bueno, en la película sí… pero no importa, eso es ciencia ficción), y por lo tanto no hay fábricas de guerra. Así la pasaríamos trepados en los árboles o en alguna cueva, viendo caer la lluvia, de gotas gordas, como Rebeca, la de la fonda, gototas para mojarnos completos con una sola. Como changos no tendríamos casas ni dónde colgar los calcetines y no tendríamos que aguantar los gritos de una esposa que nos diga que está harta de que dejemos la ropa interior en la cocina, su espacio, su lugar natural, su altar. No, ni madres de cocinas ni baños. Cagaríamos al aire libre, sin tener que ponerle seguro al baño para que los compañeritos no lo espíen a uno, morbosos. Nos consolaríamos viendo cómo cae la lluvia y nos olvidaríamos de esta rutina, que ya sería pasado. De ser posible, yo me promovería para senador y prohibiría el sistema que contabiliza hasta los clips que usa cada empleado. Nada de eso, ni oficinas ni casas, cada quien viviría donde quisiera, los árboles serían espacios públicos para encontrar descanso, todo sería de todos, sí, no es que yo sea comunista, ni siquiera he leído a Marx ni al Che Guevara, pero qué bonito sería ver los campos llenos de agua de lluvia, de nubes, de cielo. Eso sería algo que podría despejar nuestros sentidos. Después de algunos días así podríamos regresar al corporativo para seguir con este informe y ver las nubes que plácidamente se divierten viéndonos aquí encerrados y no se dignan a inundar las oficinas para dejarnos ir temprano a casa y descansar a gusto.            

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