lunes, 25 de febrero de 2013


Libros eróticos

La sexóloga Anabel Ochoa recomendó “masturbarse con un libro”. Lo hizo en su programa radial nocturno, Desnudo total, durante uno de sus acostumbrados monólogos. Dijo que era lo mismo para ellas que para ellos, siempre cabría la posibilidad de encontrar un modo de hacerlo. En realidad pretendía el sentido figurado y así lo entendió el grueso de sus miles de radioescuchas. Sin embargo.
            Griselda lo tomó literal. Esa misma noche, al terminar el programa, apagó la radio, encendió el televisor, tomó un ejemplar de La metamorfosis de Ovidio, fue al sillón, se bajó los calzones y comenzó a masturbarse. Luego cambió de parecer y agarró El invierno en Lisboa de Antonio Muñoz Molina, de pastas duras.
            Alcanzó varios orgasmos con el lomo, el canto y las pastas del libro. Una experiencia fantástica, sobre todo para una lectora tan exigente. Repitió aquella práctica durante tres días hasta que su madre la invitó a cenar y pasó la noche fuera de su departamento. El jueves amaneció con una ligera irritación, se puso un pantiprotector y fue a la escuela. Por la tarde, la comezón y el flujo la obligaron a abandonar la biblioteca y a asistir al Centro Médico Universitario.
            No contestó al médico sobre la posible causa de la infección y negó prácticas sexuales de riesgo. Pasó la siguiente semana en casa, con temperaturas, antibióticos y dieta especial, le daba asco leer y le repugnaba la idea de sintonizar a Anabel Ochoa.
            Cuando todo pasó, llamó a la estación de radio y contó su historia a un productor que la escuchó atento y respetuoso sin pedir detalles. Días después recibió por paquetería una colección de libros de Anabel Ochoa y una emotiva carta, en la cual la sexóloga le pedía disculpas “por sus palabras”. Agregaba que lo que le había sucedido a ella, y a por lo menos quinientas personas más que escucharon el programa la noche de marras, no había sido su intención, que la disculpara.

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