lunes, 4 de febrero de 2013


Plagiario

Una nota periodística en La Nación reveló que Juan Larrea, quien había publicado veinte libros de superación personal, no era el verdadero autor de ninguno de ellos. Además, el reportero hizo público quién sí los escribió, es decir, la autora material de las obras: se trataba de la esposa de Larrea, quien había contado todo en una entrevista secreta y exclusiva para aquel diario.
Era por todos sabido que, gracias a su editor, Larrea había ganado una fortuna y que a consecuencia de ello (o sin ninguna relación) se había dedicado durante más de diez años a una vida bastante dispersa, de la cual daba cuenta su recalcitrante alcoholismo.
Tres años antes de las declaraciones que lo hundieran, el mismo editor había recomendado a Larrea poner todos sus bienes y cuentas bancarias a nombre de su esposa (se ignora si ya lo sabía), para evitar que lo despilfarrara en una juerga y dejara desprotegidos a los seis hijos que habían procreado juntos, la mayoría de los cuales no eran más que veinteañeros talegones sin oficio.
La noticia fue una bomba y pronto se reprodujo en otros medios de comunicación. Larrea, entonces, evadió toda entrevista y se encerró en su casa de campo, hasta donde un grupo de reporteros lo siguió, en busca de alguna exclusiva.
El plagio resultaba terrible, tomando en cuenta que gracias a su obra Larrea había recibido además la Medalla al Mérito Cultural del Senado, el Premio Nacional de Promoción de la Lectura, la Orden en Letras de la Universidad Nacional, la Presidencia Honoraria de la Academia Nacional de Desarrollo Humano y la Vela Amarilla de las Adoratrices Perpetuas Guadalupanas por los valores que sus libros promovían.
Si Larrea se escondió, su mujer continuó con su estrategia desde un departamento que la familia tenía casi abandonado en la capital del país. Concedió entrevistas a otros dos periódicos nacionales antes de hacerlo a tres radiodifusoras y por fin a un matutino de televisión. Esto último llevó la noticia al gran auditorio e hizo que las autoridades judiciales —por encargo directo del senador Jorge Calvo— iniciaran una investigación.
El juicio, sustentado más en lo moral que en lo legal, transcurrió con más calma de la que se esperaba, si se toma en cuenta el escándalo inicial. Los medios también fueron perdiendo interés en el asunto. Hasta que trascendió que la esposa de Larrea había ofrecido información adicional al jefe de la policía, lo que abrió una nueva línea de investigación. Hasta entonces, Larrea había gozado de total libertad y sus abogados ya le endulzaban el oído con promesas de impunidad.
Pero.
La policía fiscal, la criminal y la especializada en protección de los derechos industriales e intelectuales levantaron nuevos cargos, con lo que la defensa de Larrea se vio por completo rebasada.
Las nuevas revelaciones fueron aplastantes. A cambio de trato preferente y cierta protección oficial, la esposa develó la verdad oculta y junto con el jefe de la policía terminó de subir al patíbulo a su aún cónyuge.
—Las obras publicadas por Larrea no fueron escritas por Larrea, como todos ustedes saben —dijo el jefe de la policía en rueda de prensa—. Pero tampoco fueron escritos por la esposa de Larrea, como se dio a conocer antes. En realidad se trata de una imprecisión. Frente a los medios, la señora afirmó haber “entregado” (textual) una por una las veinte obras a Larrea, pero nunca aseguró haberlas escrito originalmente como ustedes supusieron y afirmaron. La señora, aquí presente, es traductora de profesión y con su trabajo sacó adelante a su familia, incluyendo al mismo Larrea, antes de que este fuera famoso. A título personal, la señora tradujo diferentes manuales de superación personal durante sus tiempos libres, por mera afición, pues nadie la contrató para ello. La señora declaró ante la autoridad competente, y bajo juramento, haber dado los libros traducidos a su esposo, con la esperanza de que los leyera y mejorara como persona, se volviera responsable y se motivara para que pudieran lograr un mejor futuro como familia. En ello no hay ningún delito que perseguir, obviamente. La señora nunca supuso lo que Larrea haría con las traducciones. Larrea abusó de la señora y al llevarlas con un editor violó varias leyes, entre ellas, la Ley de Propiedad Industrial e Intelectual, la Ley de Derechos de Autor y el Código Penal Federal. Cómo hizo su fama, todos lo sabemos. La señora declaró que nunca denunció a su marido porque Larrea, ciego de poder, la tenía amenazada, prohibiéndole por años regresar a su antiguo oficio. Finalmente, y como un acto de entereza cívica y de gran valor moral, denunció las prácticas fraudulentas de su marido. Hasta aquí los hechos. La Procuraduría Nacional realizó las investigaciones necesarias y gracias a ello diez autores y diez editores extranjeros sin filial en nuestro país presentaron las denuncias correspondientes. Además, se le han sumado otros cargos: extorsión, calumnias, amenazas, abuso de confianza, falsedad de declaración; incluso, por una causa adicional que no vale la pena explicar, por abigeato. Le espera un juicio que seguramente será breve por la cantidad de evidencias y testigos en su contra. Su editor, quien ha demostrado haber actuado en todo momento de buena fe, rindió ya su declaración preparatoria, a él solo se le acusará de especulación comercial en menor grado y se le impondrá una sanción económica que no mermará del todo sus finanzas, pues el gobierno no pretende acabar con una próspera empresa. Aunque hay que esperar también la sentencia definitiva, les puedo asegurar que el falso escritor Juan Larrea no será visto por la calle de nuevo… Por último, debo aclarar que, pese a lo que se rumora en los corrillos periodísticos, la señora y yo no tenemos ninguna relación íntima.

Primer cuento que aparece en mi libro MENTIRAS PIADOSAS, que publicó el Instituto de Cultura de Morelos a finales de 2012

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