sábado, 9 de marzo de 2013


La imaginación salvadora

Daniel Zetina

Tal vez a muchos de nosotros nos parezca descabellado haber asistido o enviar a nuestros hijos a un internado. No hay mucha tradición de ello en México. Contraria a nuestra situación es la que ocurre en Inglaterra, en donde abundan los internados. Es en uno de ellos en donde se desarrolla la historia de El caballero fantasma de la afamada escritora Cornelia Funke, editado por el Fondo de Cultura Económica en 2011.
Quizás nos parezca ajena una situación en la que un niño de 10 años sale de su casa para ir a la escuela toda la semana, pero no puede sernos lejana la escuela en sí ni la posible aversión a la misma.
Jon Whitcroft vive una verdadera aventura en el internado de Salisbury, a donde acude, en parte, para alejarse del novio de su madre, quien no le cae nada bien.
Ya en el colegio, Jon comienza a tener una vida “normal”, pero pronto todo da un vuelco, cuando al asomarse por una ventana se da cuenta de que un malvado caballero fantasma lo observa…
La historia es interesante y quizás también cuestionable. En primer lugar, hay que decir que se trata de una narración fantástica, no realista. Lo que le ocurre a Jon no podría pasar en el mundo real, el mundo de los adultos, aunque sí en el mundo de la infancia, más cercano al mundo mágico, de las emociones, los miedos y los “otros mundos”.
En esto, creo que es una ventaja que Cornelia Funke haya sabido darle la verosimilitud necesaria para que la trama no caiga en lugares comunes, a la vez que la hace lo más fluida posible, sin caer en explicaciones innecesarias.
En segundo lugar, puede ser cuestionable que la salida o “fuga” de un estudiante que no ama la escuela y que cuestiona su realidad sea la fantasía. Quizás lo que se espera de un niño como Jon es que se concentre en sus estudios y se olvide de historias medievales. Por otro lado, hay quien cree que lo más práctico es que leamos y recomendemos leer obras objetivas, científicas y razonables.
Puede ser muy criticable, sí, pero personalmente no me interesa encontrar en los libros un espejo de la realidad ni busco que la literatura sea objetiva, comprobable ni me ayude a “aprender”. Lo que busco cuando abro una novela es dejarme llevar en los brazos del autor, quien a través de la historia que cuenta será capaz de conmoverme, ya sea a través de los sentidos, los sentimientos o incluso la irracionalidad, siempre y cuando la obra sea presentada de modo que pueda disfrutarla.
Y me parece que Funke lo consigue. Técnicamente, la obra logra una unidad de sentido. Podría decir que a pesar de ser una historia “sencilla” puede mantener la atención del lector, entre otras razones, porque logra llevar la tensión, el misterio, a lo largo de todas las páginas.
Como las personalidades de los personajes están bien definidas, resulta chusco cuando se enfrentan a situaciones extrañas, que ponen a prueba su temperamento, y esto a veces da como resultado escenas con gran hilaridad.
No faltan temas como el primer amor, los problemas existenciales de los prepúberes, la familia, la educación y otros, que son bien manejados como conceptos secundarios y que no afectan, más bien, que enriquecen la obra.
Si bien puede verse como una novela para niños-adolescentes, puede resultar agradable para el público de cualquier edad que desee encontrar un motivo más para desarrollar su imaginación.

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