jueves, 7 de marzo de 2013


Mentiras piadosas
Para mí
Pedro Martínez anhelaba tener lograr una carrera literaria. Alguien le dijo que un buen escritor se reconocía por el número de publicaciones en las que colaboraba.
            A partir de entonces, Pedro editó una revista cada mes. Imprimía solo dos ejemplares y las sumaba a su currículum como colaborador.
            El primer mes gastó su ingenio en una revista de artes titulada Bricolage, donde publicó una crítica de la obra plástica de Cisco Jiménez, entre otros textos con seudónimos. El segundo mes, editó Lujurias, de erotismo. Luego vinieron Cariátide, Quinesis, Fígaro, Pantalla, Tabique, Hemeroland, Tecuanes, La Pisca, La Siega, Los Placeres y las Ruinas, Postal, entre otras.
            Cada número contaba, por lo menos, con veinte colaboradores. Entre ellos, Pedro era uno más. Siempre se cuidó de no ser el director de las revistas ni aparecer en consejos editoriales, consejos de redacción, consejos de colaboradores ni patronatos, todos ficticios.
            Lo que más le pesaba no era escribir todos los textos sino ejecutar la obra plástica con que ilustraba cada revista. Para los textos, como fuera, sabía inventar estilos que no le pertenecían o podía copiarlos tanto de revistas reales como de los pocos libros que leía.
            Después de un año, y tras haber colaborado en trece de sus efímeras publicaciones, se lanzó a un proyecto más ambicioso y que daría realce a su carrera. Cuando publicó Céfiros y trinos decidió presentarla en el Auditorio Che Guevara de la Universidad Estatal. Llegaron veintiún interesados, que no pudieron encontrar ejemplares a la venta y se consolaron con hojear, por turnos, alguno de los dos ejemplares que Pedro llevaba.
            En Céfiros y trinos había una sección especial para la reseña de revistas. En adelante, cada nueva revista de Pedro reseñaba sus pasadas creaciones o entrevistaba a editores, directores y colaboradores de aquellas.
            Así, Pedro fue aprendiendo a escribir… y algo más: editar, diseñar, reseñar e ilustrar fue su trabajo cotidiano.
            Al tercer año, y después de treinta y seis revistas, Pedro decidió que debían ser quincenales. Dobló su trabajo, pero la experiencia le vino bien.
            Un año después intentó publicar en otra revista, una que no fuera hecha por él. Ya había cobrado cierta fama por colaborar en tantas revistas y, para su suerte, nadie se preguntaba por el destino de las mismas, pues se daba por sentado que las revistas culturales debían de durar lo menos posible.
Uno de sus últimos experimentos consistió en organizar la presentación de una revista bilingüe que tituló Ruta libre. Promocionó con carteles y envió el acostumbrado boletín de prensa. La cita sería en la terraza de un popular parque, un domingo por la mañana. La revista ni siquiera existía, pero en el cartel ya aparecía su nombre como presentador, junto con otros dos personajes irreales. La verdad es que nunca gestionó el lugar, pero sí se presentó a observar su propia farsa. Llegó con saco de pana, se sentó en una banca de la terraza y después de veinte minutos dio por presentada la revista y se fue. Obviamente, nadie más acudió. De todos modos, Pedro comentó la presentación lo más que pudo entre sus familiares y los pocos amigos que tenía.
            Cuando Pedro mandó su currículum a una revista de verdad y muy importante, impresionó a los editores: no conocían a nadie que hubiera colaborado en cincuenta y ocho revistas de contenidos tan variados. Pedro tenía solo veintiséis años.
            El director de la revista, Octogenario Sosiego, lo invitó a cenar, lo presentó con luminarias de la literatura nacional y lo promovió para una generosa beca gubernamental.
            Pedro agradeció a Sosiego y siguió adelante.
Ahora, además de editar dos revistas cada mes, recibía dinero del gobierno para editarlas. Cuando le preguntaban en dónde se vendían sus publicaciones contestaba que en tiendas departamentales, aunque nadie las encontraba nunca.
            Después de la primera beca vinieron otras. Se convirtió en colaborador de la revista de Sosiego y en su perro faldero.
            Al cabo de unos años fundó —junto con los escritores Felipe Santiago, Oseas Medino, Carla Caro y Erubey Quitero Trenado— el grupo de escritores Soledad, que inmediatamente fue estudiado en universidades de Estados Unidos. La crítica y los lectores los vitorearon.
            Por fin, al cumplir los treinta años, dejó de editar sus dos revistas al mes y decidió inaugurar una en serio. Para ello convocó a los escritores del grupo Soledad. El título para su primera revista real fue Mentiras piadosas. Con ese título Pedro pretendía redimirse por sus prácticas fraudulentas anteriores.
            El primer número fue presentado en el Palacio de Bellas Artes. Sosiego, el padrino indiscutible, abanderó el acto. La prensa nacional se desbocó en notas y reseñas del evento.
            Una semana después, Pedro marchó junto con Carla Caro a París (gracias a otra beca). Encargó la revista al resto del grupo. Desde allá envió cada semana su colaboración, actividad en la que se esmeraba noches continuas. Nunca pedía noticias de la que consideraba su obra maestra. Deseaba llegar a México como la misma Karina Fontana, lleno de gloria; como Carpentier a Cuba o Cortázar a Argentina. Casi esperaba encontrar un comité de bienvenida con el mismo presidente de la República al frente.
            Pero no.
            Regresaron seis meses después, solo para personificar su ruina. Mentiras piadosas era un desastre, los textos malísimos. Nadie la quería distribuir. En algunos sectores se había organizado su censura o su destrucción. Sosiego estalló en cólera contra su pupilo:
            —¡No tenía que humillarse de ese modo, Martínez! Podía simplemente seguir colaborando con nosotros y en otras revistas. No tenía por qué echar a perder la carrera del grupo Soledad. ¡Pobres muchachos!
            Sosiego desconoció al anonadado Pedro Martínez y a su grupo. Les retiró las becas, los vetó de los premios y los redujo al anonimato.
En un par de meses, todo era pasado.
A sus treinta y un años, Pedro Martínez, sin haber aún estudiado nada en serio, regresó a su casa. Carla Caro lo había abandonado por un escritor de apellido Cristofelguérez Amorrourtu.
            Pedro volvió a la casa materna, reunió sus revistas y las donó a la biblioteca de la Universidad Estatal. Una profesora que lo reconoció le ofreció dar dos talleres, uno de poesía y otro de cuento, para escritores noveles. Pedro aceptó, pero pidió que también se abriera otro de edición de revistas culturales, lo cual obtuvo.
Desde entonces hasta la fecha, durante veinte años, Pedro cuenta a sus pocos alumnos sobre su época de fama, les lee cuentos y a veces les regala, a uno o a dos, ejemplares de alguna revista en que colaboró.

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