lunes, 25 de febrero de 2013


Consulta

—Doctor Pérez, ¿por qué el sexo anal es más doloroso que el sexo vaginal?
—El esfínter anal es muy estrecho y solo alcanza su mayor dilatación con movimientos lentos y con suficiente relajación. Se debe usar lubricante con dilatador, además, como médico familiar, le recomiendo el uso del condón, señor López, eso también evitará que le desgarren el culo.
—Gracias, doctor.

Truene

Mi ex novia era un amor y nuestra relación iba muy bien hasta que me encontró en la cama de su mejor amiga y me tronó, poco a poco, siete huesos y dos costillas con un bate que encontró en el pasillo.

La vanguardia musical

El insigne maestro Leopoldo Castells Lingueratto, puntero dentro de la vanguardia entre los compositores contemporáneos, llegó a su punto más alto cuando noviembre en 2010, dentro del marco de la Bienal Internacional de Compositores de Andalucía, ganó el primer premio de la Bienal y se llevó la Medalla del Gran Jurado.
Su estilo y creatividad no han dejado de sorprendernos, pues el trabajo Castells Lingueratto se ha definido a lo largo de veinte años de carrera hasta alcanzar el reconocimiento de la crítica mundial, que lo ha incluido entre los más importantes compositores del siglo XXI. Lo que más sorprende de su trabajo es que puede ser reconocido como transgresor y contestatario, pero también como fresco y actual.
La obra ganadora, y la última que se decidió a dar a conocer, fue interpretada por el afamado actor Ignacio Vidal. Los productores de la Escuela Nacional de Música, encargados del estreno mundial, no lograron contratar a ningún músico de renombre que se atreviera a interpretarla frente a un auditorio en el cierre de la Bienal. La obra, con una duración de tres minutos, fue la famosa Sonata para piano en La mayor para pene en erección.

Libros eróticos

La sexóloga Anabel Ochoa recomendó “masturbarse con un libro”. Lo hizo en su programa radial nocturno, Desnudo total, durante uno de sus acostumbrados monólogos. Dijo que era lo mismo para ellas que para ellos, siempre cabría la posibilidad de encontrar un modo de hacerlo. En realidad pretendía el sentido figurado y así lo entendió el grueso de sus miles de radioescuchas. Sin embargo.
            Griselda lo tomó literal. Esa misma noche, al terminar el programa, apagó la radio, encendió el televisor, tomó un ejemplar de La metamorfosis de Ovidio, fue al sillón, se bajó los calzones y comenzó a masturbarse. Luego cambió de parecer y agarró El invierno en Lisboa de Antonio Muñoz Molina, de pastas duras.
            Alcanzó varios orgasmos con el lomo, el canto y las pastas del libro. Una experiencia fantástica, sobre todo para una lectora tan exigente. Repitió aquella práctica durante tres días hasta que su madre la invitó a cenar y pasó la noche fuera de su departamento. El jueves amaneció con una ligera irritación, se puso un pantiprotector y fue a la escuela. Por la tarde, la comezón y el flujo la obligaron a abandonar la biblioteca y a asistir al Centro Médico Universitario.
            No contestó al médico sobre la posible causa de la infección y negó prácticas sexuales de riesgo. Pasó la siguiente semana en casa, con temperaturas, antibióticos y dieta especial, le daba asco leer y le repugnaba la idea de sintonizar a Anabel Ochoa.
            Cuando todo pasó, llamó a la estación de radio y contó su historia a un productor que la escuchó atento y respetuoso sin pedir detalles. Días después recibió por paquetería una colección de libros de Anabel Ochoa y una emotiva carta, en la cual la sexóloga le pedía disculpas “por sus palabras”. Agregaba que lo que le había sucedido a ella, y a por lo menos quinientas personas más que escucharon el programa la noche de marras, no había sido su intención, que la disculpara.
Sin importar el lector

Daniel Zetina

Terminé "En la mira del avestruz y otros cuentos" de Alejandro Estivill (Ficticia-Conaculta, 2007). Son 16 cuentos disímiles sin nada que les dé unidad de sentido.  Los hay breves (una página) o cortos (hasta 16 páginas). Unos son de ficción, otros de ciencia ficción, unos más son intertextuales, otros de fútbol y de temas urbanos.
En general no me gustó el libro, pero hay cosas que comentar. El lenguaje es el de un nerd, por ejemplo, usa frases populares pero como un clisé, sin dominio de ellas. Es decir, el autor no las usa en su vida cotidiana. Los dos cuentos que tratan de fútbol (“Yo no maté al árbitro” y “El león de Bongor”) manifiestan sin duda con mayor claridad las obsesiones del escritor. En ellos se deja llevar por su pasión y se olvida del lector, como lo hace en casi todas sus historias. Es algo arriesgado pero interesante. Como digo, no parece importarle si el lector entiende, ya no digamos si comparte, la pasión y los detalles de los que se vale para construir unas tramas, que si bien pueden ser verosímiles son también sosas y aburridas. En un momento parece que nos llevará al desenlace vertiginoso o a un giro final sorprendente, pero no es así. Las historias de pronto parecen no terminar, incluso no empezar nunca. Como decía, son puras obsesiones, pero casi no son literatura, sino apuntes mentales llevados al papel.
En este caso sí leí todo. A diferencia de una novela, en la cual si no avanzo más de 50 páginas la abandono, los libros de cuentos tienen la posibilidad de darme una sola historia que sea por lo menos agradable y con eso quizás habrá valido la pena el tiempo invertido. En este caso, encontré ese cuento en “Dime, Paco”, un cuento que me parece que tiene algo más que variaciones sobre el mismo autor. En este cuento, Estivill se arriesga y sale de su zona de confort y trata un tema cotidiano, como es la paternidad y el abandono. Un taxista nocturno encuentra a un niño de la calle en el Centro de la Ciudad de México. Dos ejemplares de la fauna de la gran ciudad se acercan y se relacionan. El taxista ayuda al niño durante un largo tiempo. Piensa incluso en adoptarlo. Pero el autor da un giro final quizás algo esperado pero no por ello menos sorprendente, en el sentido de que el taxista puede ser en realidad el padre de aquel niño, a quien abandonara junto con su madre años atrás. He aquí una historia, un cuento, algo que se para por sí mismo, que puede disfrutarse, que no está impostado ni se siente falso, como casi todo en las otras 15 historias.
Uno cuento, que no digo que sea una joya ni micho menos, pero un cuento que hace que valga la pena leer las 116 páginas totales. Fuera de esto, lo mejor del libro es la edición de Ficticia, que suele hacer libros impecables. Leeré más de Estivill, de preferencia una novela.


martes, 19 de febrero de 2013

Compré esta novela de Mario González Suárez, "A wevo, padrino", a este autor me lo han vendido caro. La edición de Mondadori está bien hecha. Lo leo y veo que le falta síntesis, lo que cuenta en las primeras 30 páginas puede contarse en 5. Empieza a ser predecible, o más bien parece ir hacia un lugar común. Como sea le falta fuerza narrativa, no me atrapa la historia y el personaje es inverosímil, es un taxista que se mete en malos pasos, pero también es un filósofo existencialista que utiliza la duda metódica en cada paso que da y en cada situación en que se ve envuelto. Vive en un puerto del Pacífico mexicano. El lenguaje y la sintaxis sí me agradaron, arrabalero el autor, se ve que conoce el ambiente bajo. Habrá que leer alguna otra obra, porque lo que es esta no la terminaré nunca.
Comencé a leer "El rastro" de Margo Glantz (Anagrama, 2002) tan recomendado, pero no avanzo más de la página 30, está aburridísima, una mujer que llega al velorio de su ex pareja, que era compositor y así, pero no pasa nada interesante hasta ahora, continuaré solo 10 páginas más y listo, no hay tiempo para algo así

miércoles, 6 de febrero de 2013


Editoriale s artesanales en México

En el mercado editorial artesanal de México hay varias propuestas. Desde libros de las cartoneras[1] hasta ediciones locales artesanales más bien intuitivas,[2] enriquecen la oferta de libros en México. Hoy hablaré de libros que abrevan de una estética editorial con bases tradicionales y un cuidado de producción fino. Específicamente, en las ferias del libro[3] y algunos locales especializados en venta de libros para bibliófilos y artistas,[4] podemos encontrar las siguientes propuestas:
            1. Martín Pescador es un taller del tipógrafo y músico Juan Pascoe, instalado en  la Hacienda de la Rosa, en Tacámbaro, Michoacán. Sus libros no son fáciles de conseguir, pero en www.mercadolibre.com se pueden encontrar algunos ejemplares, además de que la Universidad de Princenton tiene en su biblioteca varios títulos. La Librería Rosario Castellanos del Fondo de Cultura Económica tuvo a la venta Bibliofilia, un libro testimonial sobre José Luis Martínez, coeditado con el mismo FCE en 2004. No tienen página de internet, facebook ni correo electrónico.
            2. Taller de Leñateros. Fundado por la poeta Ámbar Past en 1975, produce libros hechos con papel a mano a base de cortezas se la selva chiapaneca. Además de la tienda que tienen abierta en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, pueden localizarse en las principales ferias de libro nacionales, además de que tiene un distribuidor en la Ciudad de México. Página web: www.tallerlenateros.com.
            3. Taller Ditoria. Una propuesta de Roberto Rébora y Jorge Jiménez que vio la luz en 1994. Usan una prensa plana para hacer composiciones con tipos móviles, además de grabado y serigrafía; encuadernaciones a mano. Venden en ferias internacionales, nacionales y locales, además de vender por su página web (http://tallerditoria.com.mx). Aunque su principal estrategia de ventas es la venta de bonos anuales que funcionan de la siguiente manera: el cliente compra un bono de $ 1,500.00, por lo cual recibirá dos títulos editados en dicho año por el Taller Ditoria.
4.  Malasuerte. Conocí el trabajo de esta editorial en la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil 2011 en la Ciudad de México. Dentro de la Carpa de Editoriales Independientes, en un modesto anaquel se encontraban cuatro títulos. Se trata de libros impresos en papel artesanal (no decía con qué técnica), terminados con encuadernación copta sin refinar, foliados a mano.

Los editores artesanales nos recuerdan el estrecho vínculo entre el autor, las manos del editor-impresor  y el público lector.

Publicado en EL REGIONAL DEL SUR en marzo de 2012


[1] El fenómeno de las cartoneras nació hace una década en Sudamérica. En México, la primera fue La Cartonera, fundada en Cuernavaca, Morelos, en 2007.
[2] Ejemplo de ello en Cuernavaca es el trabajo de la poeta y performancera Marina Ruiz, quien edita  libros semiartesanales, de bajo tiraje.
[3] Algunas editoriales también han logrado vender directamente o a través de terceros en ferias internacionales, como Frankfurt, Salón del libre de Paris, entre otros
[4] Uno de estos locales es Conejoblanco Galería de Libros (www.conejoblanco.com.mx/), en la colonia Condesa de la Ciudad de México. 

DOCE REFLEJOS DE BLANCA NIEVES
Daniel Zetina

En octubre de 2011 se publicó el libro de cuentos Doce reflejos de Blanca Nieves, de Lorena Aguilar, bajo el sello Amarillo Editores. En alguna medida, era una obra esperada en el contexto local. Aguilar ha participado en el taller de creación literaria de Citlalli Ferrer desde hace algunos años, junto con otros jóvenes escritores como Davo Valdés, Jimena Ramírez y Lucero García.
     Creo que la autora está logrando un estilo personal. Lo digo porque la docena de cuentos que integran el volumen tienen rasgos en común, no sólo debido a que todos giran en torno a ciertas mitologías tomadas de la literatura infantil clásica, también porque en todos se pueden percibir las obsesiones de Aguilar, quien, además de dedicarse profesionalmente al canto, es también una lectora profesional, según parece, pues las referencias a otras obras (o intertextualidades) están, en general, bien manejadas: se nota una apropiación así como una reinterpretación, que dan como resultado una obra propia y no un refrito. Esa es una de las ventajas de Doce reflejos…
     Pero, ¿cuáles son las obsesiones que Aguilar deja ver en las 134 páginas de su libro? Por un lado tenemos, de manera importante a los personajes: igual que ella, se trata de obsesivos que pueden llagar a desbordar sus pasiones si encuentran los detonadores adecuados: suicidas, brujas, madrastras, hordas populares, enanos. Además de toda la riqueza que envuelven estos personajes, si algo quiere transmitir Aguilar es su propia estética grotesca.
     Los ambientes son lúgubres, circulares, aprisionantes, con frustración, pero también con un toque de erotismo, desde el más tierno hasta el más sórdido. Un personaje, cualquiera de ellos, dice “Sabía que me esperaba un dolor insoportable, que la muerte más horrible me tomaría por esposa y mis nupcias serían consumadas en un lecho de sangre”.
     En otro lugar se lee: “Doce lobos se arrojaron sobre ella. Hicieron jirones los restos de su vestido y, arrancando sus miembros, en poco tiempo la consumieron”.
     A mí sólo hay un cuento que no me gustó nada: “Los enanos”, en él se recrea el mito de Blanca Nieves, en efecto, pero sin la fuerza ni la sensibilidad de otros. Quizás me desagrada el tono reflexivo de los personajes, o quizás sólo no me gustó.
     En especial, me gustaron tres cuentos: “El bosque oscuro”, que narra la odisea de un personaje en busca de un animal muy especial. Este cuento bien pudo desarrollarse como una novela fantástica, con lo que pudiera haber alcanzado la profundidad y el detalle que por momentos se antoja leer.
     El segundo es “La mina”, una propuesta personal de la Conquista española.
    El tercero, y creo yo que el mejor, es “El pozo de los deseos”, que incluye un giro final sorprendente, bien presentado y con unidad de sentido.
   Había leído a Lorena Aguilar en algunos medios impresos, y como le pasará a muchos, extrañé no encontrar su bellísimo y algo conocido cuento “El beso”, aunque pronto reparé en que no tenía nada qué ver con la dinámica de Doce reflejos… y que lo más seguro es que aparezca en un próximo libro que Aguilar esté preparando para sus lectores fieles y para todo el nuevo público al que sea capaz de cautivar.

Publicado en EL REGIONAL DEL SUR, el 31 de marzo de 2012



Nota rosa
Murió de amor, los forenses lo encontraron con el beso de gracia.

Primer round
El Campeón se preparó, se puso los guantes, aflojó las quijadas y comenzó a lavar los trastes.

martes, 5 de febrero de 2013



La mayoría de las personas de avergüenzan profundamente de sus miedos, como si fuera posible estar libres de ellos.
-Giorgio Nardone

A veces, en el momento menos esperado, más doloroso, el mundo te presenta una oportunidad de consuelo.
-David Leavitt


Mientras más perezoso es el hombre, más inepto es para descansar.
-Abel Quezada

Me interesa escribir para la gente que no tiene tiempo de leer
-Isael Bolaños
Juegos del ocio
Por el respeto a la equidad y a las preferencias sexuales
¿cuál te parece más acertado?


Un cartel con tres variantes


"A mí me alegra la equidad de género", mi primer cartel por la equidad

lunes, 4 de febrero de 2013

(escritura directa en el blog, primera prueba)

Sección DISFRUTEN LAS MOLESTIAS  

EL ESCRITOR MUY MALO
Hace unos días compré la novela CÁMARA HÚNGARA del escritor mexicano Jarvier García-Galiano.
De verdad, tenía años que no leía algo tan pero tan malo, pésimo.
De este señor antes había leído un libro de cuentos titulado CONFESIONES DE BENITO SOUZA, VENDEDOR DE MUÑECAS. Alguien me había dicho que era bueno o más bien "muy bueno". Lo lamento pero mienten. Lo que yo creo es que  García-Galiano no sabe escribir. En su libro de cuentos casi todo me pareció mal escrito, pretencioso y en general falso, ese tipo de autores de alto perfil estético que pueden deslumbrar al principio con su falsa erudición y lugares comunes rebuscados (sic). Solo el primer relato del libro me pareció verosímil. Y dicen que hasta da clases para escribir, bueno.
Pasando a la novela CÁMARA HÚNGARA, la compré por dos razones, me gusta leer narrativa relativa a deportes como futbol y box, y además hace unos años escuché que García-Galiano estaba de invitado en la cabina de los cronistas de Televisa, narrando un partido de la liga mexicana, supongo que del América. Recuerdo que los comentaristas de base no sabían qué hacer con el "invitado" (puesto ahí seguramente por su representante) y se limitaban a darle breves segundos para que participara, con comentarios entrecortados y sin ninguna dirección. Además, repetían lineas que el productor debió pasarles, como "agradecemos al maestro García-Galiano", "hoy con nosotros el gran escritor..." y cosas así.
Compré CÁMARA HÚNGARA en $50, tal vez habría pagado un poco más, pero no mucho. Aclaro que no fue en una librería de viejo, si no en una de saldos. Es la única edición de 2004, es decir, casi diez años antes de ahora. Su extensión es de unas 100 páginas, con letra grande, en la colección "Narradores contemporáneos" de Joaquín Mortiz (Planeta). Está dividida en pequeños capítulos, de entre 2 y 7 páginas. 
En cuanto a la sintaxis, creo que establece un nuevo modelo de paroxismo adjetival nunca antes visto. Es impresionante el miedo del autor de dejar sustantivos sin adjetivos. Hasta 15 por página, con una constancia que apabulla. Se permite unos extremos como los de la página 83: "El ruido seco de la orina en el sucio mingitorio" o "El silencio hueco de ese lugar de olores rancios". Tiene párrafos en verdad incomprensibles, pero lo peor de todo es la trama, ¿cuál trama? La novela transcurre entre algunas anécdotas de fingidas rivalidades entre aficionados del Pachuca y episodios de violencia cursis e increíbles que no creo que dejen satisfechas a ningún lector. Quizás se trate de una obra inserta en el Realismo Absurdo o en la línea del Aburrimiento Literario, dos posibles corrientes literarias de principios del milenio. Nada hay en las páginas de esta novela que valga la pena. 
¿No puedo imaginar qué pensaran los jugadores profesionales de futbol de ella, porque lo más seguro es que ninguno de ellos la haya leído? Pero de lo contrario, si alguno recorrió sus páginas, estoy seguro que no le produjo más que confusión si no asco.
Lo mejor escrito del libro (no de la novela) es la solapa, escrita por el editor, sin duda, pero con influencia del autor. Y no digo que lo que en ella se lea sea interesante, de ninguna manera, pero por lo menos es legible. Imagínense, en la solapa se describe al autor de la siguiente manera "quiso ser futbolista, pero lo corrieron del equipo en el que jugaba, el Centa de Vigo, por borracho". Jajaja, así que no se trata de un escritor sino de un borrachín, que se ha hecho un lugar en eso que se llama literatura mexicana, lo que eso signifique. Su verdadero oficio es libar no escribir. Ahora todo queda claro.
Hay otros libros publicados del mismo autor, y según veo, por mis pobres pesquisas en internet, todas cubiertas por ese halo de "gran literatura", provocada artificialmente por la excitación lujuriosa y canallamente falaz de quienes publican reseñas en suplementos y columnas en medios al respecto.
Viva, pues, la boedez del que escribe y publica novelas sin ton ni son. Muera la literatura (lo que eso signifique).

Daniel Zetina

https://www.google.com.mx/url?sa=i&rct=j&q=&esrc=s&source=images&cd=&cad=rja&docid=zqV7Xpe2_Zve1M&tbnid=LVZkGYkqaMWpoM:&ved=&url=http%3A%2F%2Fwww.editorialplaneta.com.mx%2Fdescripcion_libro%2F493&ei=AkAQUbW_EMKg2AWAyoDwCw&bvm=bv.41867550,d.aWc&psig=AFQjCNEfU69ur7ghxkYked3EXR_xuBPgIQ&ust=1360105855184818
Bien, al parecer ya está funcionando este blog, así que a posear/publicar/escribir/compartir/linkear
Aún no sé si alguien pueda ver este blog, espero con el tiempo poder aprender más y generar un poco de tráfico, como dicen los que saben, es decir, que haya lectores y diálogo.
Daniel

Las nubes
Para Gerardo Ochoa

En este preciso momento debería comenzar a llover, para que yo admire cómo se desescaman esas nubes que desde ayer vienen diciendo que se van a dejar caer y nada. Podríamos salirnos de la oficina e invocar, por medio de plegarias y sonsonetes, lluvia, agua en abundancia y así terminar con este cansado día de trabajo. Pero las nubes siguen ahí afuera llenas de motivos para quitarnos la sed con su carga ácida y sus venenos disfrazados de pureza. En estos tiempos se puede esperar que caiga cualquier cosa de esos montes grisáceos, casi verdes, casi espuma, casi nada; podrían caer perros, lápices, tacos, abogados. Pero nada, nos vamos a quedar aquí seguramente hasta terminar la jornada para descubrir que, cuando menos lo esperábamos, sí, nos vamos a mojar, toditos, y luego caminaremos hasta casa para poner a secar los calcetines colgados en la ventana de la cocina o en el tubo del baño. “Mira nada más, Juanito, esas pinches nubes cargadotas y uno aquí viéndolas pasar sin esperanzas de verlas caer sobre alguien más… Pinche Juan, no, no son tarugadas; bueno, bueno, ya, ya, ya me pongo a trabajar. No, todavía no termino el informe, ¿qué querías?, apenas me trajeron el balance ayer y… ¡ya, pues, ya estuvo!” Sí, sí… mejor al rato hablamos, cuando se te bajen los humos de jefe, que ni te quedan. Mugre licenciado, no somos iguales, bueno, en realidad sí, somos iguales, aunque él tenga su titulote, que no sé por qué tenía que traerlo y colgarlo encima de su escritorio, como si no supiéramos cómo lo consiguió, pero en fin, no todos tenemos una tía en la Secretaría de Educación. Eso es lo que nos hace falta, educación, para no trabajar, como esa bola de holgazanes del piso catorce, que se la pasan pasando papeles para el informe, seguro que no saben ni escribir su apellido sin faltas de ortografía. Más bien es eso, la falta, la falta de todo, la carencia, eso, ¡ni agua!… Estas instituciones que no nos dejan salir temprano para que no nos mojemos, para que lleguemos a ver la tele, la novela de las ocho o el partido de las Chivas, no, eso fue ayer, creo. Y ustedes, ¿qué hacen ahí?, por favor, ¡lluevan!, truenen para que se vaya la luz y se pierda el informe y mañana corran a Juanito y yo me quede en su lugar, o por lo menos se mojen él y sus papeles. Y luego que empiece a meterse el agua en el sistema y se inunde el archivo de contabilidad y nos vayamos todos y dejemos que los bomberos se queden a secar los charcos. Que metan bombas y mangueras y se lleven toda el agua y se la devuelvan al cielo y así, cargadas de nuevo, las nubes se dejen venir mañana, otra vez y otra vez y otra vez para mojar las oficinas, la alfombra, los pizarrones, los escritorios, el baño que ya tiene como tres días sin papel, los ventiladores para que en vez de aire avienten agua y sintamos la lluvia horizontal de sus hélices de plástico. Hoy sí me voy temprano, le voy a decir al licenciadito este que ya terminé el informe y mañana llego temprano para acabarlo. Total, solo es cosa de elevar las cifras para que los proveedores y los inversionistas se vayan con la finta y yo me vaya mañana otra vez temprano, antes de que empiece a llover y se inunden las oficinas y se atasque el sistema y de las coladeras salga todo el papel que no hay en el baño y se den cuenta de la insalubridad en que nos tiene a no sé cuántos empleados, empleaditos, del Departamento de Contabilidad y Administración de la Zona Poniente. ¿Cuántas filiales tendrá la empresa?, quizá tenga una en Brasil y cuando se inunde la de aquí nos manden allá para seguir trabajando. He oído que en Brasil llueve mucho, días y días, bien tupido, y que cuando para de llover la gente sale de sus casas u oficinas y se pone a ver el sol, así nomás, llena plazas enteras para ver lo que aquí es cualquier cosa, no, más bien, ¿no será en Polonia, o en Hungría, o en Australia?, no sé, mi hermana Julia siempre me aturde con sus historia de aventuras. Se la pasa leyendo relatos de viajes o crónicas de guerra. Con eso de que estudia Historia (¿para qué?) siempre tiene algo raro que contar aunque uno no se lo pida, pero como es la más chica nos tenemos que zampar sus cuentos. En una de esas reuniones familiares debería llover tan fuerte que no se escuche lo que diga, que sus palabras choquen con los truenos y se vuelvan cenizas y luego el agua las apague y se las lleve por la avenida. Nada más faltan (la carencia, la carencia) dos horas y me largo. Mejor le digo a este Juanete que no se va a poder, que eran muchos datos y que el informe no va a estar listo sino hasta el lunes, el mero día de la presentación, a ver si así ya me deja en paz. ¿Por qué? ¿Por qué no llueve y se cumple alguna profecía y todos nos vamos en un barco, bueno, no todos, solo los más hábiles, los más fuertes, los más preparados para volver a la vida salvaje, al paraíso de Adán y Eva, o al paraíso de los changos, sí, mejor, porque, si no, de seguro fundaríamos otra religión basada en ese nuevo paraíso y más empresas como esta para darle mantenimiento? Sí, mejor changos, yo nunca he visto que los micos vayan a una oficina. Pero eso sí, ser los monos los que gobernemos el mundo, como en la película que pasaron el jueves. Los changos tampoco hacen guerras (bueno, en la película sí… pero no importa, eso es ciencia ficción), y por lo tanto no hay fábricas de guerra. Así la pasaríamos trepados en los árboles o en alguna cueva, viendo caer la lluvia, de gotas gordas, como Rebeca, la de la fonda, gototas para mojarnos completos con una sola. Como changos no tendríamos casas ni dónde colgar los calcetines y no tendríamos que aguantar los gritos de una esposa que nos diga que está harta de que dejemos la ropa interior en la cocina, su espacio, su lugar natural, su altar. No, ni madres de cocinas ni baños. Cagaríamos al aire libre, sin tener que ponerle seguro al baño para que los compañeritos no lo espíen a uno, morbosos. Nos consolaríamos viendo cómo cae la lluvia y nos olvidaríamos de esta rutina, que ya sería pasado. De ser posible, yo me promovería para senador y prohibiría el sistema que contabiliza hasta los clips que usa cada empleado. Nada de eso, ni oficinas ni casas, cada quien viviría donde quisiera, los árboles serían espacios públicos para encontrar descanso, todo sería de todos, sí, no es que yo sea comunista, ni siquiera he leído a Marx ni al Che Guevara, pero qué bonito sería ver los campos llenos de agua de lluvia, de nubes, de cielo. Eso sería algo que podría despejar nuestros sentidos. Después de algunos días así podríamos regresar al corporativo para seguir con este informe y ver las nubes que plácidamente se divierten viéndonos aquí encerrados y no se dignan a inundar las oficinas para dejarnos ir temprano a casa y descansar a gusto.            

También de EL COLCHÓN. CUENTOS DE LA COTIDIANIDAD

Cucaracha


Francisca llegó al recreo con el fastidio de las matemáticas. Aunque su maestra Noemí era muy paciente, no lograba quitarle lo aburrido a lo aburrido.
Francisca bebió toda el agua que pudo en el bebedero y se retiró a un extremo del patio. No quería jugar con nadie.
Comenzó a escarbar el lodo con una varita. Se aburrió. Vio que se acercaba un niño dos o tres años menor que ella. No podría divertirse con él, pensó. Le dio la espalda.
El niño jugaba un trozo de plastilina entre las manos. Siguió caminando absorto hasta que chocó con la cadera de Francisca, quien se volteó para encararlo.
Se miraron fijamente. Estaban solos, y ahora, sin pensarlo, acompañados. Bajaron la vista. Volvieron a mirarse. Parecían dos nubes a punto de chocar, pero de repente sonrieron. Sus mejillas se sonrosaron.
Francisca no se dio cuenta de que una cucaracha cayó en su hombro. Era gigante.
El niño se sintió impotente. Solo atinó a empujar a Francisca, quien perdió piso y se quejó del golpe.
El pequeño asumió la pena doble al verle las blancas piernas a Francisca. No sabía qué decir, por ejemplo, una disculpa.
Francisca pensó en llorar o en pegarle a su agresor. Se sacudía la manos —aún sentada en el piso de tierra— cuando vio que el niño señalaba la cucaracha cerca de ella.
Francisca sonrió y alargó las manos a su héroe. Se incorporó. Juntos rodearon a su contrincante.
—Tú —dijo Francisca con voz de mando.
El niño aplastó la blata, que crujió como una nuez. Cuando retiró el zapato de encima de su víctima, sonrió a Francisca con la boca abierta, con sorpresa, con emoción.
Carcajearon.
Aún faltaba algo.
Francisca se hincó frente al animal.
—Se mueve —dijo.
—Pero ya no puede hacerte nada —contestó cortés el héroe.
—¿Alguna vez has probado una cucaracha? —preguntó la afortunada.
—No.
Los dos niños juntaron sus cabezas, oreja con oreja, y así se acercaron al cadáver.
Francisca tomó al insecto con índices y pulgares y le jaló una pata.
La ofreció a su cómplice. Este la tomó y la chupó. En su rostro se adivinaba cierto rigor científico.
—¿Y? —preguntó ella.
—Mmm… —el niño no habló, arrancó otra pata y la llevó a los labios de su aliada.
Con sendas patas de cucaracha en la boca, cual palillos de mondar, ambos volvieron a sonreír con ojos brillantes.
—Está buena —dijo él, babeando.
Francisca tomó al insecto y le desprendió lo que en un pollo sería la pechuga. Más grande y viscoso que la pata, el pedazo fue engullido por una alegre Francisca. Su amigo la imitó.
—En mi casa dicen que no hay que…
—¡Olvídalo! —sentenció Francisca—, en mi casa también.
Rieron a gusto, con superioridad.
—¡Mugrosos! —dijo una voz a sus espaldas.
Era un niño de sexto grado. La pareja lo miró y volteó en rededor. No había nadie más.
—¡Marranos!, ¡puercos! —continuó el instigador—. Los voy a acusar.            
Los inculpados se miraron, se tomaron de la mano y avanzaron poco a poco hacia el mayor.
—¿Alguna vez has probado a un niño metiche? —preguntó Francisca sin quitar la mirada de los cachetes del intruso.
—Todavía no —contestó el niño.
Joaquín, el de sexto, retrocedió lentamente. La cara se le torcía de asco.
—¡Puercos! —dijo.
—¡Aaaaaaaaaaaaaaa! —gritaron a coro sus contrincantes, mientras avanzaban pisoteando el polvo del patio.
Joaquín huyó despavorido.
Don Félix, el viejo prefecto, se acercó a la pareja.
—Vamos, niños, hay que volver a clases.
Los niños avanzaron aún con las manos entrelazadas. Cruzaron el patio. Al llegar al edificio de las aulas se soltaron.
—Me llamo Francisca.
—Yo, Rubén.

Este cuento está inlcuido en mi libro EL COLCHÓN. CUENTOS DE LA COTIDIANIDAD, publicado  en 2009 y reeditado en 2011.

El fin del mundo
Para Ariel Alejo
Una madrugada, el viejo Orson Welles se despertó para contestar el teléfono. Llevó el auricular a su oreja. Era la policía local. En tono de alarma le informaron que debía desalojar el área. El motivo: una extraña bestia metálica, al parecer extraterrestre, azoraba la región. En pocos minutos llegaría a su vecindario. Aún no había refugios, pero le recomendaban correr hacia el oeste. También le aconsejaron que llamara a sus familiares y propagara la noticia.
            El gran Orson colgó. Regresó a su recámara al fondo de la casa y durmió. Creyó escuchar algo de ruido afuera, que atribuyó a vecinos trasnochadores o a alguna trifulca.
            Al despertar, salió en bata a buscar el diario. Encontró la ciudad destruida: casas maltrechas, perros muertos, autos despedazados, incendios. En lugar del diario, levantó un zapato roto. Llevó la vista al cielo nublado y extendió las manos en oración. En su interior, sentía que alguien se reía de él.

También de MENTIRAS PIADOSAS

Plagiario

Una nota periodística en La Nación reveló que Juan Larrea, quien había publicado veinte libros de superación personal, no era el verdadero autor de ninguno de ellos. Además, el reportero hizo público quién sí los escribió, es decir, la autora material de las obras: se trataba de la esposa de Larrea, quien había contado todo en una entrevista secreta y exclusiva para aquel diario.
Era por todos sabido que, gracias a su editor, Larrea había ganado una fortuna y que a consecuencia de ello (o sin ninguna relación) se había dedicado durante más de diez años a una vida bastante dispersa, de la cual daba cuenta su recalcitrante alcoholismo.
Tres años antes de las declaraciones que lo hundieran, el mismo editor había recomendado a Larrea poner todos sus bienes y cuentas bancarias a nombre de su esposa (se ignora si ya lo sabía), para evitar que lo despilfarrara en una juerga y dejara desprotegidos a los seis hijos que habían procreado juntos, la mayoría de los cuales no eran más que veinteañeros talegones sin oficio.
La noticia fue una bomba y pronto se reprodujo en otros medios de comunicación. Larrea, entonces, evadió toda entrevista y se encerró en su casa de campo, hasta donde un grupo de reporteros lo siguió, en busca de alguna exclusiva.
El plagio resultaba terrible, tomando en cuenta que gracias a su obra Larrea había recibido además la Medalla al Mérito Cultural del Senado, el Premio Nacional de Promoción de la Lectura, la Orden en Letras de la Universidad Nacional, la Presidencia Honoraria de la Academia Nacional de Desarrollo Humano y la Vela Amarilla de las Adoratrices Perpetuas Guadalupanas por los valores que sus libros promovían.
Si Larrea se escondió, su mujer continuó con su estrategia desde un departamento que la familia tenía casi abandonado en la capital del país. Concedió entrevistas a otros dos periódicos nacionales antes de hacerlo a tres radiodifusoras y por fin a un matutino de televisión. Esto último llevó la noticia al gran auditorio e hizo que las autoridades judiciales —por encargo directo del senador Jorge Calvo— iniciaran una investigación.
El juicio, sustentado más en lo moral que en lo legal, transcurrió con más calma de la que se esperaba, si se toma en cuenta el escándalo inicial. Los medios también fueron perdiendo interés en el asunto. Hasta que trascendió que la esposa de Larrea había ofrecido información adicional al jefe de la policía, lo que abrió una nueva línea de investigación. Hasta entonces, Larrea había gozado de total libertad y sus abogados ya le endulzaban el oído con promesas de impunidad.
Pero.
La policía fiscal, la criminal y la especializada en protección de los derechos industriales e intelectuales levantaron nuevos cargos, con lo que la defensa de Larrea se vio por completo rebasada.
Las nuevas revelaciones fueron aplastantes. A cambio de trato preferente y cierta protección oficial, la esposa develó la verdad oculta y junto con el jefe de la policía terminó de subir al patíbulo a su aún cónyuge.
—Las obras publicadas por Larrea no fueron escritas por Larrea, como todos ustedes saben —dijo el jefe de la policía en rueda de prensa—. Pero tampoco fueron escritos por la esposa de Larrea, como se dio a conocer antes. En realidad se trata de una imprecisión. Frente a los medios, la señora afirmó haber “entregado” (textual) una por una las veinte obras a Larrea, pero nunca aseguró haberlas escrito originalmente como ustedes supusieron y afirmaron. La señora, aquí presente, es traductora de profesión y con su trabajo sacó adelante a su familia, incluyendo al mismo Larrea, antes de que este fuera famoso. A título personal, la señora tradujo diferentes manuales de superación personal durante sus tiempos libres, por mera afición, pues nadie la contrató para ello. La señora declaró ante la autoridad competente, y bajo juramento, haber dado los libros traducidos a su esposo, con la esperanza de que los leyera y mejorara como persona, se volviera responsable y se motivara para que pudieran lograr un mejor futuro como familia. En ello no hay ningún delito que perseguir, obviamente. La señora nunca supuso lo que Larrea haría con las traducciones. Larrea abusó de la señora y al llevarlas con un editor violó varias leyes, entre ellas, la Ley de Propiedad Industrial e Intelectual, la Ley de Derechos de Autor y el Código Penal Federal. Cómo hizo su fama, todos lo sabemos. La señora declaró que nunca denunció a su marido porque Larrea, ciego de poder, la tenía amenazada, prohibiéndole por años regresar a su antiguo oficio. Finalmente, y como un acto de entereza cívica y de gran valor moral, denunció las prácticas fraudulentas de su marido. Hasta aquí los hechos. La Procuraduría Nacional realizó las investigaciones necesarias y gracias a ello diez autores y diez editores extranjeros sin filial en nuestro país presentaron las denuncias correspondientes. Además, se le han sumado otros cargos: extorsión, calumnias, amenazas, abuso de confianza, falsedad de declaración; incluso, por una causa adicional que no vale la pena explicar, por abigeato. Le espera un juicio que seguramente será breve por la cantidad de evidencias y testigos en su contra. Su editor, quien ha demostrado haber actuado en todo momento de buena fe, rindió ya su declaración preparatoria, a él solo se le acusará de especulación comercial en menor grado y se le impondrá una sanción económica que no mermará del todo sus finanzas, pues el gobierno no pretende acabar con una próspera empresa. Aunque hay que esperar también la sentencia definitiva, les puedo asegurar que el falso escritor Juan Larrea no será visto por la calle de nuevo… Por último, debo aclarar que, pese a lo que se rumora en los corrillos periodísticos, la señora y yo no tenemos ninguna relación íntima.

Primer cuento que aparece en mi libro MENTIRAS PIADOSAS, que publicó el Instituto de Cultura de Morelos a finales de 2012
En este blog quiero compartir mi gusto por los libros, la lectura, la literatura y el diseño de libros.

Saludos, este es el inicio de mi vida blogera.
Daniel Zetina