jueves, 14 de marzo de 2013

OPIO es otra novela del escritor francés Maxence Fermine. Igual que NIEVE, una obra previa, OPIO es breve y de una fluidez sorprendente. Una virtud de Fermine como narrador es la sencillez. No elabora grandes ni complicadas tramas, sino una sola historia, de principio a fin, si mayores aspavientos narrativos. 
En NIEVE cuenta la historia de un occidental que va a oriente y se enamora. Ahí aparece como figura central el funámbulo, el que avanza por la cuerda floja para placer del espectador ocasional. En OPIO es un inglés treintañero, en la primera mitad del siglo XIX, quien en busca de los secretos del té (verde, azul, negro, blanco) viaja a China y mediante una serie de estrategias dignas de un detective inglés consigue internarse en el territorio chino hasta entonces desconocido por los occidentales y hostil con lo extranjeros. 
El personaje, Stowe, no solo llega al corazón de las montañas donde se cosecha el mejor té y descubre los tres secretos de la legendaria bebida, también se ve envuelto en el tráfico ilegal de opio, con el fin de estar con la mujer de la que se ha enamorada, llamada Opio y quien es adicta a fumar dicha droga.
La historia es en sí solo un viaje de ida y de vuelta de Inglaterra a China. Es una corta historia de amor. Es un encantamiento, por el té, por la China, por Opio, por la aventura. 
Recuerda un poco EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS de Conrad, porque para llegar a Opio, el personaje remonta un río en una panga, sorteando el peligro de ser un blanco. Además, está el hecho de que la guerra de China con occidente está por comenzar y con ello la apertura de China a las relaciones comerciales con Europa. Claro que a OPIO, la novela, le falta riesgo, ya que en ningún momento es atacado por nadie y puede ir y volver sobre el río. Al final del río, hay un manantial, y ahí vive Opio. Ahí pasan siete días de pasión y opio, rodeados por las espléndidas montañas. 
Ahí también Stowe está a punto de dar su vida por su amada Opio, quien es controlada por un malvado y misterioso hombre, quien es a su vez el amo y señor del té, del comercio del opio y la vida de los campesinos de la región. Stowe se envalentona e intenta enfrentarlo y darle muerte, pero Opio lo convence de huir. Al bajar al puerto, la guerra expulsa a algunos comerciantes y Stowe vuelve a casa para no regresar jamás. Pero antes de partir, su contacto en China le devela el último secreto de su viaje.
Esto es un giro de verdad hermoso en la narración. Como decía, antes de esto es una historia lineal, que avanza y que resulta verosímil y agradable, pero en este final hay un vértigo especial.
Además de ello, la prosa de Fermine es magra, sin sobrantes ni faltantes. Parece escribir pensando cada palabra, cada oración para conseguir sus fines. En poética desde el inicio. En la primera página puede leerse: "La pasión por el comercio no se aprende. La afición al té de adquiere con el correr del tiempo". 

sábado, 9 de marzo de 2013


La imaginación salvadora

Daniel Zetina

Tal vez a muchos de nosotros nos parezca descabellado haber asistido o enviar a nuestros hijos a un internado. No hay mucha tradición de ello en México. Contraria a nuestra situación es la que ocurre en Inglaterra, en donde abundan los internados. Es en uno de ellos en donde se desarrolla la historia de El caballero fantasma de la afamada escritora Cornelia Funke, editado por el Fondo de Cultura Económica en 2011.
Quizás nos parezca ajena una situación en la que un niño de 10 años sale de su casa para ir a la escuela toda la semana, pero no puede sernos lejana la escuela en sí ni la posible aversión a la misma.
Jon Whitcroft vive una verdadera aventura en el internado de Salisbury, a donde acude, en parte, para alejarse del novio de su madre, quien no le cae nada bien.
Ya en el colegio, Jon comienza a tener una vida “normal”, pero pronto todo da un vuelco, cuando al asomarse por una ventana se da cuenta de que un malvado caballero fantasma lo observa…
La historia es interesante y quizás también cuestionable. En primer lugar, hay que decir que se trata de una narración fantástica, no realista. Lo que le ocurre a Jon no podría pasar en el mundo real, el mundo de los adultos, aunque sí en el mundo de la infancia, más cercano al mundo mágico, de las emociones, los miedos y los “otros mundos”.
En esto, creo que es una ventaja que Cornelia Funke haya sabido darle la verosimilitud necesaria para que la trama no caiga en lugares comunes, a la vez que la hace lo más fluida posible, sin caer en explicaciones innecesarias.
En segundo lugar, puede ser cuestionable que la salida o “fuga” de un estudiante que no ama la escuela y que cuestiona su realidad sea la fantasía. Quizás lo que se espera de un niño como Jon es que se concentre en sus estudios y se olvide de historias medievales. Por otro lado, hay quien cree que lo más práctico es que leamos y recomendemos leer obras objetivas, científicas y razonables.
Puede ser muy criticable, sí, pero personalmente no me interesa encontrar en los libros un espejo de la realidad ni busco que la literatura sea objetiva, comprobable ni me ayude a “aprender”. Lo que busco cuando abro una novela es dejarme llevar en los brazos del autor, quien a través de la historia que cuenta será capaz de conmoverme, ya sea a través de los sentidos, los sentimientos o incluso la irracionalidad, siempre y cuando la obra sea presentada de modo que pueda disfrutarla.
Y me parece que Funke lo consigue. Técnicamente, la obra logra una unidad de sentido. Podría decir que a pesar de ser una historia “sencilla” puede mantener la atención del lector, entre otras razones, porque logra llevar la tensión, el misterio, a lo largo de todas las páginas.
Como las personalidades de los personajes están bien definidas, resulta chusco cuando se enfrentan a situaciones extrañas, que ponen a prueba su temperamento, y esto a veces da como resultado escenas con gran hilaridad.
No faltan temas como el primer amor, los problemas existenciales de los prepúberes, la familia, la educación y otros, que son bien manejados como conceptos secundarios y que no afectan, más bien, que enriquecen la obra.
Si bien puede verse como una novela para niños-adolescentes, puede resultar agradable para el público de cualquier edad que desee encontrar un motivo más para desarrollar su imaginación.

jueves, 7 de marzo de 2013

CUARTO EN RENTA, mi primera novela, será presentada el día 23 de marzo en el Primer Encuentro de Escritores “Muérdeme la Razón” en la ciudad de Iguala de la Independencia Guerrero, que organiza la revista temática literal “Los Tlacuaches, Mordiendo la Razón”
Gracias a Gabriela Zavaleta y Everardo Martínez Paco



Mentiras piadosas
Para mí
Pedro Martínez anhelaba tener lograr una carrera literaria. Alguien le dijo que un buen escritor se reconocía por el número de publicaciones en las que colaboraba.
            A partir de entonces, Pedro editó una revista cada mes. Imprimía solo dos ejemplares y las sumaba a su currículum como colaborador.
            El primer mes gastó su ingenio en una revista de artes titulada Bricolage, donde publicó una crítica de la obra plástica de Cisco Jiménez, entre otros textos con seudónimos. El segundo mes, editó Lujurias, de erotismo. Luego vinieron Cariátide, Quinesis, Fígaro, Pantalla, Tabique, Hemeroland, Tecuanes, La Pisca, La Siega, Los Placeres y las Ruinas, Postal, entre otras.
            Cada número contaba, por lo menos, con veinte colaboradores. Entre ellos, Pedro era uno más. Siempre se cuidó de no ser el director de las revistas ni aparecer en consejos editoriales, consejos de redacción, consejos de colaboradores ni patronatos, todos ficticios.
            Lo que más le pesaba no era escribir todos los textos sino ejecutar la obra plástica con que ilustraba cada revista. Para los textos, como fuera, sabía inventar estilos que no le pertenecían o podía copiarlos tanto de revistas reales como de los pocos libros que leía.
            Después de un año, y tras haber colaborado en trece de sus efímeras publicaciones, se lanzó a un proyecto más ambicioso y que daría realce a su carrera. Cuando publicó Céfiros y trinos decidió presentarla en el Auditorio Che Guevara de la Universidad Estatal. Llegaron veintiún interesados, que no pudieron encontrar ejemplares a la venta y se consolaron con hojear, por turnos, alguno de los dos ejemplares que Pedro llevaba.
            En Céfiros y trinos había una sección especial para la reseña de revistas. En adelante, cada nueva revista de Pedro reseñaba sus pasadas creaciones o entrevistaba a editores, directores y colaboradores de aquellas.
            Así, Pedro fue aprendiendo a escribir… y algo más: editar, diseñar, reseñar e ilustrar fue su trabajo cotidiano.
            Al tercer año, y después de treinta y seis revistas, Pedro decidió que debían ser quincenales. Dobló su trabajo, pero la experiencia le vino bien.
            Un año después intentó publicar en otra revista, una que no fuera hecha por él. Ya había cobrado cierta fama por colaborar en tantas revistas y, para su suerte, nadie se preguntaba por el destino de las mismas, pues se daba por sentado que las revistas culturales debían de durar lo menos posible.
Uno de sus últimos experimentos consistió en organizar la presentación de una revista bilingüe que tituló Ruta libre. Promocionó con carteles y envió el acostumbrado boletín de prensa. La cita sería en la terraza de un popular parque, un domingo por la mañana. La revista ni siquiera existía, pero en el cartel ya aparecía su nombre como presentador, junto con otros dos personajes irreales. La verdad es que nunca gestionó el lugar, pero sí se presentó a observar su propia farsa. Llegó con saco de pana, se sentó en una banca de la terraza y después de veinte minutos dio por presentada la revista y se fue. Obviamente, nadie más acudió. De todos modos, Pedro comentó la presentación lo más que pudo entre sus familiares y los pocos amigos que tenía.
            Cuando Pedro mandó su currículum a una revista de verdad y muy importante, impresionó a los editores: no conocían a nadie que hubiera colaborado en cincuenta y ocho revistas de contenidos tan variados. Pedro tenía solo veintiséis años.
            El director de la revista, Octogenario Sosiego, lo invitó a cenar, lo presentó con luminarias de la literatura nacional y lo promovió para una generosa beca gubernamental.
            Pedro agradeció a Sosiego y siguió adelante.
Ahora, además de editar dos revistas cada mes, recibía dinero del gobierno para editarlas. Cuando le preguntaban en dónde se vendían sus publicaciones contestaba que en tiendas departamentales, aunque nadie las encontraba nunca.
            Después de la primera beca vinieron otras. Se convirtió en colaborador de la revista de Sosiego y en su perro faldero.
            Al cabo de unos años fundó —junto con los escritores Felipe Santiago, Oseas Medino, Carla Caro y Erubey Quitero Trenado— el grupo de escritores Soledad, que inmediatamente fue estudiado en universidades de Estados Unidos. La crítica y los lectores los vitorearon.
            Por fin, al cumplir los treinta años, dejó de editar sus dos revistas al mes y decidió inaugurar una en serio. Para ello convocó a los escritores del grupo Soledad. El título para su primera revista real fue Mentiras piadosas. Con ese título Pedro pretendía redimirse por sus prácticas fraudulentas anteriores.
            El primer número fue presentado en el Palacio de Bellas Artes. Sosiego, el padrino indiscutible, abanderó el acto. La prensa nacional se desbocó en notas y reseñas del evento.
            Una semana después, Pedro marchó junto con Carla Caro a París (gracias a otra beca). Encargó la revista al resto del grupo. Desde allá envió cada semana su colaboración, actividad en la que se esmeraba noches continuas. Nunca pedía noticias de la que consideraba su obra maestra. Deseaba llegar a México como la misma Karina Fontana, lleno de gloria; como Carpentier a Cuba o Cortázar a Argentina. Casi esperaba encontrar un comité de bienvenida con el mismo presidente de la República al frente.
            Pero no.
            Regresaron seis meses después, solo para personificar su ruina. Mentiras piadosas era un desastre, los textos malísimos. Nadie la quería distribuir. En algunos sectores se había organizado su censura o su destrucción. Sosiego estalló en cólera contra su pupilo:
            —¡No tenía que humillarse de ese modo, Martínez! Podía simplemente seguir colaborando con nosotros y en otras revistas. No tenía por qué echar a perder la carrera del grupo Soledad. ¡Pobres muchachos!
            Sosiego desconoció al anonadado Pedro Martínez y a su grupo. Les retiró las becas, los vetó de los premios y los redujo al anonimato.
En un par de meses, todo era pasado.
A sus treinta y un años, Pedro Martínez, sin haber aún estudiado nada en serio, regresó a su casa. Carla Caro lo había abandonado por un escritor de apellido Cristofelguérez Amorrourtu.
            Pedro volvió a la casa materna, reunió sus revistas y las donó a la biblioteca de la Universidad Estatal. Una profesora que lo reconoció le ofreció dar dos talleres, uno de poesía y otro de cuento, para escritores noveles. Pedro aceptó, pero pidió que también se abriera otro de edición de revistas culturales, lo cual obtuvo.
Desde entonces hasta la fecha, durante veinte años, Pedro cuenta a sus pocos alumnos sobre su época de fama, les lee cuentos y a veces les regala, a uno o a dos, ejemplares de alguna revista en que colaboró.

Plagiario
Para Jesús Parets
Una nota periodística en La Nación reveló que Juan Larrea, quien había publicado veinte libros de superación personal, no era el verdadero autor de ninguno de ellos. Además, el reportero hizo público quién sí los escribió, es decir, la autora material de las obras: se trataba de la esposa de Larrea, quien había contado todo en una entrevista secreta y exclusiva para aquel diario.
Era por todos sabido que, gracias a su editor, Larrea había ganado una fortuna y que a consecuencia de ello (o sin ninguna relación) se había dedicado durante más de diez años a una vida bastante dispersa, de la cual daba cuenta su recalcitrante alcoholismo.
Tres años antes de las declaraciones que lo hundieran, el mismo editor había recomendado a Larrea poner todos sus bienes y cuentas bancarias a nombre de su esposa (se ignora si ya lo sabía), para evitar que lo despilfarrara en una juerga y dejara desprotegidos a los seis hijos que habían procreado juntos, la mayoría de los cuales no eran más que veinteañeros talegones sin oficio.
La noticia fue una bomba y pronto se reprodujo en otros medios de comunicación. Larrea, entonces, evadió toda entrevista y se encerró en su casa de campo, hasta donde un grupo de reporteros lo siguió, en busca de alguna exclusiva.
El plagio resultaba terrible, tomando en cuenta que gracias a su obra Larrea había recibido además la Medalla al Mérito Cultural del Senado, el Premio Nacional de Promoción de la Lectura, la Orden en Letras de la Universidad Nacional, la Presidencia Honoraria de la Academia Nacional de Desarrollo Humano y la Vela Amarilla de las Adoratrices Perpetuas Guadalupanas por los valores que sus libros promovían.
Si Larrea se escondió, su mujer continuó con su estrategia desde un departamento que la familia tenía casi abandonado en la capital del país. Concedió entrevistas a otros dos periódicos nacionales antes de hacerlo a tres radiodifusoras y por fin a un matutino de televisión. Esto último llevó la noticia al gran auditorio e hizo que las autoridades judiciales —por encargo directo del senador Jorge Calvo— iniciaran una investigación.
El juicio, sustentado más en lo moral que en lo legal, transcurrió con más calma de la que se esperaba, si se toma en cuenta el escándalo inicial. Los medios también fueron perdiendo interés en el asunto. Hasta que trascendió que la esposa de Larrea había ofrecido información adicional al jefe de la policía, lo que abrió una nueva línea de investigación. Hasta entonces, Larrea había gozado de total libertad y sus abogados ya le endulzaban el oído con promesas de impunidad.
Pero.
La policía fiscal, la criminal y la especializada en protección de los derechos industriales e intelectuales levantaron nuevos cargos, con lo que la defensa de Larrea se vio por completo rebasada.
Las nuevas revelaciones fueron aplastantes. A cambio de trato preferente y cierta protección oficial, la esposa develó la verdad oculta y junto con el jefe de la policía terminó de subir al patíbulo a su aún cónyuge.
—Las obras publicadas por Larrea no fueron escritas por Larrea, como todos ustedes saben —dijo el jefe de la policía en rueda de prensa—. Pero tampoco fueron escritos por la esposa de Larrea, como se dio a conocer antes. En realidad se trata de una imprecisión. Frente a los medios, la señora afirmó haber “entregado” (textual) una por una las veinte obras a Larrea, pero nunca aseguró haberlas escrito originalmente como ustedes supusieron y afirmaron. La señora, aquí presente, es traductora de profesión y con su trabajo sacó adelante a su familia, incluyendo al mismo Larrea, antes de que este fuera famoso. A título personal, la señora tradujo diferentes manuales de superación personal durante sus tiempos libres, por mera afición, pues nadie la contrató para ello. La señora declaró ante la autoridad competente, y bajo juramento, haber dado los libros traducidos a su esposo, con la esperanza de que los leyera y mejorara como persona, se volviera responsable y se motivara para que pudieran lograr un mejor futuro como familia. En ello no hay ningún delito que perseguir, obviamente. La señora nunca supuso lo que Larrea haría con las traducciones. Larrea abusó de la señora y al llevarlas con un editor violó varias leyes, entre ellas, la Ley de Propiedad Industrial e Intelectual, la Ley de Derechos de Autor y el Código Penal Federal. Cómo hizo su fama, todos lo sabemos. La señora declaró que nunca denunció a su marido porque Larrea, ciego de poder, la tenía amenazada, prohibiéndole por años regresar a su antiguo oficio. Finalmente, y como un acto de entereza cívica y de gran valor moral, denunció las prácticas fraudulentas de su marido. Hasta aquí los hechos. La Procuraduría Nacional realizó las investigaciones necesarias y gracias a ello diez autores y diez editores extranjeros sin filial en nuestro país presentaron las denuncias correspondientes. Además, se le han sumado otros cargos: extorsión, calumnias, amenazas, abuso de confianza, falsedad de declaración; incluso, por una causa adicional que no vale la pena explicar, por abigeato. Le espera un juicio que seguramente será breve por la cantidad de evidencias y testigos en su contra. Su editor, quien ha demostrado haber actuado en todo momento de buena fe, rindió ya su declaración preparatoria, a él solo se le acusará de especulación comercial en menor grado y se le impondrá una sanción económica que no mermará del todo sus finanzas, pues el gobierno no pretende acabar con una próspera empresa. Aunque hay que esperar también la sentencia definitiva, les puedo asegurar que el falso escritor Juan Larrea no será visto por la calle de nuevo… Por último, debo aclarar que, pese a lo que se rumora en los corrillos periodísticos, la señora y yo no tenemos ninguna relación íntima.