lunes, 24 de junio de 2013

Laureado
El tenor, empecinado en recibir todos los ramos que el público le lanzaba, se acercó al borde del escenario. Desde ahí levantó varios y cogió, con maestría, algunos más en el aire. El último fue preciso: se estrelló con fuerza en su ojo izquierdo. Eran rosas de invernadero, orgánicas, cargadas de espinas.
El público le vio salir sangrando tras bambalinas.
Y así, perdió el ojo.

Siguió cantando muchos años más, unas veces con cierta dificultad. El público siempre se le entregó efusivo, pero nunca más recibió regalos.
Virtuoso
La Orquesta Sinfónica del Estado apareció en el Teatro de la Universidad Nacional. Bajo la batuta del joven director y compositor Balam Blas, inició el Concierto incierto a las veinte horas en punto.
Durante los primeros ciento veinte minutos el público escuchó asombrado los sutiles ritmos de aquella obra. Tres horas después, aplaudieron antes del primer descanso. Algunos curiosos revisaron el programa para constatar que incluía cinco descansos como aquel.
Al regreso, hacia la media noche, el respetable se mantuvo atento a los giros espasmódicos de la melodía. A las dos y media los meseros repartieron abundantes bocadillos a modo de cena.
Para las ocho cuarenta de la mañana siguiente el concierto parecía estar llegando a su clímax, pero la pausa de las nueve y media contuvo los ánimos.
El concierto terminó a las trece horas con una ovación de pie del público, que, loco de contento —o por alguna otra causa—, chiflaba y manoteaba. Algunos palcos, estremecidos al máximo, pidieron a coro “otra, otra, otra”, pero no les hicieron caso.
Aplauso de veintisiete minutos, el más largo en la carrera de Blas y del Teatro de la Universidad Nacional. Todavía no terminaban de salir los asistentes cuando los paramédicos ya subían a auxiliar a los concertistas, quienes sufrían calambres, ataques de pánico, arritmia y otros malestares comunes en su oficio. El joven Balam Blas se desconectó el suero y la diálisis que tenía desde el inicio.

En la entrada del Teatro, la gente paraba taxis, agitaba el boleto del valet parking o caminaba como extraviada. Algunos ya ensayaban excusas para sus casas u oficinas.

De mi libros de cuentos MENTIRAS PIADOSAS (ICM, 2012)